jueves, 16 de diciembre de 2010

Autonomia de las mujeres

“La autonomia es siempre un pacto social. Tiene que ser reconocida y apoyada socialmente, tiene que encontrar mecanismos operativos para funcionar” (Lagarde, 1997)

En los últimos meses por asuntos profesionales y de amistad, he tenido la oportunidad de estar cerca de algunas mujeres y hombres que han vivido una separación o un divorcio, algunas recientemente y otras hace algunos años. Desde estas experiencias y a partir del artículo de Marcela Lagarde, surgen estas reflexiones en torno a la autonomía de las mujeres.
Un divorcio o una separación es siempre una situación difícil, que hace a los integrantes de la familia redefinir su identidad y sus relaciones. Aunque los problemas conyugales tienen múltiples causas, es sorprendente constatar que muchas veces la decisión del divorcio es tomada por las mujeres para poner fin a un periodo de inestabilidad y regateos. Es una decisión difícil si consideramos como dice Marcela Lagarde, que la identidad de las mujeres ha sido basada en la fusión, en la incompletud y   en una ética de la anti-autonomía.
En muchos casos, después del divorcio el cuidado de los/as hijos/as queda a cargo de la madre, aunque pasen periodos vacacionales, fines de semana alternados y alguna tarde con el padre. Sucede de esta manera, a pesar de que la ley abre la posibilidad de llegar a acuerdos que impliquen mayor implicación del padre. Este tipo de reorganización familiar es acorde con lo que culturalmente se espera de las mujeres. En los casos en los que la custodia la tienen los padres, la madre queda estigmatizada como una mala mujer, lo que no sucede con el padre en caso contrario.
Aunque la ley y las teorías de resolución de conflictos familiares aconsejan llegar a un acuerdo para conseguir una participación equitativa en las responsabilidades parentales (educativas y económicas), reconozco que la mayoría de las mujeres aconsejan a otras mujeres que se desliguen por completo de sus exmaridos y salgan adelante por sí mismas y muchas veces, con tal de dar por terminados los asuntos judiciales que implican un desgaste adicional, llegan a acuerdos que dejan en desventaja a la mujer. Aquí nos enfrentamos a un obstáculo para que la autonomía pueda ser real, el aspecto económico que según el texto de M Lagrade, es un presupuesto para que se convierta en un hecho vivido. La autonomía no se debe construir en base a injusticias como esta ya que este modelo puede ser una explotación encubierta, que al final se puede traducir en mayor dependencia.
Es importante matizar la autonomía no ha de ser absoluta. Aunque la exposición de Marcela Lagarde acentúa la autonomía porque la sabe necesaria como primer paso del proceso hacia las relaciones igualitarias, no suprime la importancia de las relaciones, la interdependencia, (p. 29-30). Hemos de conquistarla pero esto siempre sucede en relación, en encuentros que liberan y regalan identidad. Una de las definiciones que aporta la RAE de  autonomía, viene bien para lo que quiero decir: “Condición de quien, para ciertas cosas, no depende de nadie”.  Este  “para ciertas cosas”, es esa autosuficiencia relativa (p. 29) o interdependencia equitativa que cuesta tanto conquistar y mantener.
De cualquier forma, resulta admirable cómo estas mujeres, muchas veces con ayuda de otras mujeres y hombres,  sacan adelante a sus hijos/as, generalmente a base de numerosos sacrificios que consideran parte de su opción por la maternidad.
 La mayoría de los hombres divorciados pronto se encuentra en una nueva relación de pareja e incluso en un nuevo matrimonio con otra mujer, lo que no sucede con las mujeres, quienes una vez superada la primera etapa, cuando logran un reacoplamiento social, no es fácil que se decidan de nuevo a contraer matrimonio. Aunque superar el divorcio sea muy difícil, en general manifiestan que a pesar de que ha sido doloroso, han crecido mucho, han recuperado espacios perdidos y se han hecho más fuertes y seguras. Esto me remite a lo que en el texto que leímos se denomina toma de conciencia y trasformación de la propia sexualidad como experiencia de autonomía, la recuperación del propio cuerpo y del poder personal. Este proceso tendría que ser más común para todas las mujeres, no sólo ante situaciones límite como la separación, sino en la vida cotidiana, en los procesos de formación de la identidad desde la adolescencia, para aprender a vivir relaciones equitativas y positivas. Promover estos procesos es un reto que se impone a quienes nos sentimos comprometidas en el desarrollo del pensamiento crítico y creativo de los/as humanas/os.
Estas mujeres y sus luchas son parte ya de esa fuerza evolutiva que nos empuja a todos y todas hacia la humanidad más profunda, les agradezco que despierten en mi tantos cuestionamientos, retos y que impulsen mi compromiso con la construcción de mi biografía específica en esta subversiva historia.
Por ahora es todo…
Publicado en Nakawé

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Cuán cierto y cuán bien dicho. Más allá de la ley, las costumbres que toman cuerpo en el chisme cotidiano, en los dichos, en las cejas levantadas, acaban determinando muchas cosas.

kiti dijo...

La definición de autonomía, me gusta reescribirla, suscribirla y ojalá algún día firmarla como mujer libre: "LA CONDICIÓN DE QUIEN, PARA CIERTAS COSAS, NO DEPENDE DE NADIE"

Mónica Robledo dijo...

Coincido en que los gestos cotidianos son muy importantes... ¿los chistes?!!! ... Y si Kiti, gracias por estar aquí, creo que estamos en camino de ser lo que ya deseamos...