Na... que el último día en que Jesús va a ver a sus amigos y amigas en la intimidad, están encerrados y con miedo, ese último día... prepara bien lo que quiere decirles, quiere que les quede claro. Los visita.
Pasado el espasmo de la alegría, cuando intentan recordar lo sucedido y rescatar lo esencial de ese encuentro...apenas pueden explicarlo.
Paz, mucha paz... paz... mucha paz. Les envío a lo mismo que yo vine: perdonen a quien sienta que necesita perdón, no dejen atado a nadie, desaten, liberen, no retengan, por donde pasen perdonen, si no lo hacen, puede ser que alguien se quede sin paz... Asegúrense que nadie se quede sin experimentar que no existen pecados que no estén ya perdonados. Tomen el Espíritu de D**s que siempre perdona y desparrámenlo por todas partes, como una suave brisa, que refresca, que recrea.
Las huellas quedan, no se olvida, pero el perdón nos hace mirarlas de otra manera... de una tan nueva, que parece que justo son ellas las que nos dan identidad. Nos recuerdan cómo nos levantamos desde el fondo de nuestras caídas, nos reinventamos y nos decimos, nos narramos de nuevo una vez más. Por eso sabemos que no hay personas que no tengan remedio, sabemos que todos/as estamos hechos de esa pasta resiliente, resucitante (ciclo B. San Juan 20, 19 - 23)
